lunes, 17 de diciembre de 2012

EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ ¡VENGO DEL MONO!


Por Ramón Durón Ruiz
En mi recorrido por el país tuve el honor de ser invitado a Tula, Tamaulipas, por el Químico René Lara Cisneros, Presidente Municipal de ese lugar que recientemente fue elevado a la categoría de “Pueblo Mágico”, para disertar una conferencia en el Casino Tulteco.
El alcalde me comentó que está preparando los festejos de los 400 años de la fundación de Tula por el franciscano Juan Bautista de Mollinedo. Este municipio destacó en la Independencia cuando un grupo de valientes tultecos, como lo fueron Mateo Acuña, Bernardo Gómez de Lara (a) El Indio Huacal, Martín Gómez de Lara, Francisco Ramos y Reyes Pérez, éste gobernador de los indios acasillados en la Misión, quienes se reunían en casa de Lucas Zúñiga.
En 1847 los poderes del estado fueron trasladados a Tula, y durante el porfiriato la ciudad destacaba como el epicentro de la economía del estado con 17 haciendas, casas grandes y un hotel espectacular.
Durante la Revolución, el 25 de mayo de 1911, el General y Profesor Alberto Carrera Torres, al mando de más de 300 hombres encabezó el movimiento en el municipio, derrocó al ayuntamiento y nombró uno nuevo y más tarde dictó la primera ley agraria del país, que en la modesta opinión del viejo Filósofo, desde el norte, destelló la base social de la Revolución mexicana.
El municipio cuenta además con una zona de vestigios indígenas y con múltiples edificios coloniales catalogados como históricos por el INAH, y en poder de mi amigo Gastón Saldaña –un gambusino de piezas históricas–, un vasto patrimonio histórico-cultural, suficiente para que se edifique un museo.
Ir a Tula, Tamaulipas, es encontrarse con un espacio de tierra tamaulipeca donde el tiempo se suspende entre la magia y la amabilidad de su gente, entre su inigualable gastronomía y una rica cultura tradicional que se entreteje entorno a la vida y también de la muerte.
En Tula, como en todas las sociedades tradicionales, parece haber vasos intercomunicantes que enriquecen la extensa gama de simbolismos, en donde el proceso de la muerte es un hecho, una finitud socialmente compartida, el dolor individual y el de la familia pasa a ser colectivo, de la comunidad, de todos, se forma una sociedad “muégano”, en donde no se sabe donde principia ni donde termina la solidaridad entorno a los dolientes.
Su micro cosmogonía es de tal magnitud, que sitúa al muerto en el centro de su mundo, ahí está, presidiendo el cortejo, en la fuente de sus tradiciones, como en la raíz de su vida, en el respeto y rescate de la herencia de la rica tradición oral. En los “Pueblos Mágicos”, la muerte es un acontecimiento social, en donde el dolor de uno… es de todos.
Shakespeare decía: “El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo a cenizas”. En nuestros pueblos ancestrales, el poder del acompañamiento hace que aflore el pesar oculto, permitiendo que no todas las muertes traigan consigo crisis en el equilibrio familiar o personal, pues se adaptan más rápidamente a la perdida y en la reorganización de sus emociones.
Hay personas que se dedican a ayudar al enfermo agónico a que fortalezca su autonomía, a que tenga una muerte digna, ellos le dicen: “Que ayudan a bien morir”, personas que con los ritos y el sincretismo religioso, verbalizando palabras de alivio, orando y cantando, apoyan al enfermo terminal, física, emocional y espiritualmente, atenuando el dolor de la partida, ayudándolo en su tránsito hacia la finitud.
En torno al enfermo se reúne la familia, vecinos y amigos, para ayudar; no se le deja solo, se habla con él, si los signos señalan que puede sanar, oran por su salud, pero si por el contrario indican que se acerca la muerte, “ayudan a bien morir”. Porque saben que el cuerpo como el espíritu, conllevan un profundo simbolismo en el que tienen mucho por comunicar. Para ellos, la muerte es sagrada y la “viven” plenos de espiritualidad.
Ahí, el inigualable poder de los ritos, mitos, tradición oral y de su sincretismo religioso, permite que se transite tersamente por el proceso de duelo. Frente al dolor de la agonía o la presencia de la muerte, el ejido o la comunidad, saca la protección heredada por sus ancestros, habiendo un acompañamiento para el enfermo, para el muerto y su familia, en donde sin saberlo cada uno va tomando su rol: el que viste al muerto, el cocinero, el rezandero, el cantador, el que antes construía y ahora vende el ataúd, el sepulturero; en el poder que genera la solidaridad cada uno toma su lugar.
Pues resulta que el viejo Filósofo regresó de Tula como “El Jibarito”: “Lleno de contento”, éste era tal, que se fue directo con Fernando a la cantina “del 20” a tomarse sus respectivos “pistón y biela”, es decir, sus tequilas con cervezas. Ya a “medias aguas” y a altas horas de la noche, se dirigió a su casa, su vieja que lo esperaba en el sillón, al ver el estado en el que venía y la hora que era, le dice:
—¡Muy bonito, ‘abrón, muy bonito! ¿Se puede saber de ónde ‘ingaos vienes?
El Filósofo tomándose de la puerta pa’ no caerse, le responde:
—Pues según el Padre Chuyo vengo de Adán y Eva, pero según Darwin… ¡Vengo del mono! filosofo2006@prodigy.net.mx/Facebook: filosofoguemez/Twitter: @filosofoguemez

No hay comentarios:

Publicar un comentario