EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ
¡Y EL ‘INCHE SOMBRERO LO COMPRÉ
AYER!
Por
Ramón Durón Ruiz
H
|
ay una historia plena de sabiduría, que me encanta
compartir con usted: “Cerca de mi casa hay un terreno de pasto. Dos caballos
viven allí. De lejos, no encuentras diferencia, pero cuando uno se acerca y
mira con detenimiento, puede observar que uno de ellos está ciego.
El dueño le consiguió un amigo, un caballo más
joven. Y si prestas atención, oirás el sonido de una campana. Buscando de dónde
viene el sonido, verás que cuelga del cuello del caballo joven.
De esta manera, el caballo ciego sabe siempre donde
está su compañero y va tras él. Ambos pasan el tiempo comiendo brotes tiernos
de hierba; al finalizar el día, el caballo ciego sigue a su compañero hasta el
establo donde se guarecen de la noche.
El caballo que porta la campana vuelve de vez en
cuando la cabeza, como si quisiera asegurarse de que su compañero ciego le
sigue. Mientras el caballo ciego, que se guía por el sonido de la campana,
avanza confiado de que va por buen camino.
Como el dueño de esos dos caballos, no deberíamos
deshacernos de aquellos que no son tan perfectos, como quisiéramos. Y cuidar de
la misma forma que nos hubiera gustado que lo hicieran con nosotros, de haber
ocupado su lugar.
Algunas veces somos el caballo ciego guiado por el
sonido de alguien que se acerca a nuestra vida. Otras, somos el caballo que
guía y ayuda a otros a encontrar su camino. Así son los buenos amigos, no
necesitas verlos, porque siempre están cuando los necesitas. Por favor: Oye mi campana, que yo también escucharé la
tuya.”
En la ceguera que el mundo moderno le da al viejo Filósofo,
con una prisa que casi me atropella… ¡escucho tu campana amigo!, yo, que a
pesar de ser tan imperfecto, tienes la bondad de hacerla sonar para conducirme
por el buen camino y llevar mi barca a puerto seguro.
Tu presencia amigo, es un tributo a la vida, que me
enseña que la alta frecuencia que generan el amor y la amistad, no es algo… ¡es
todo! Porque el poder
del amor y de la amistad, no tiene principio ni fin.
Gracias por enseñarme la magia del amor que tiene la
amistad, por ayudarme a descubrir el sentido de lo maravilloso y divino que la
vida tiene hoy para mí. Gracias por darme la diaria lección de que, como dice La Biblia, “lo que es imposible para los hombres, es
posible para Dios”.
Gracias amigo, por inculcar
en mi corazón que la paz interior y el amor, son el mejor camino de la
felicidad, para interpretar adecuadamente mis inquietudes y sueños de ser cada
día mejor.
“El
ser humano aprende a amar, no cuando encuentra a la persona perfecta, sino
cuando aprende a creer en la perfección de una persona imperfecta.” Y eso es el
valor del amor y la amistad, saber que a pesar de la imperfección propia y de
la gente que amamos y de la que gozamos la amistad, somos seres perfectos, al
estar hechos a imagen y semejanza de Dios, por el efecto maravilloso que genera
el poder del amor.
En la vida no hay amigos ni relaciones de amor
perfectas, las hay sí, saludables; saludables significa, no la ausencia de defectos
ni de problemas, sino tener la humildad, la sabiduría, la sensible
inteligencia, el amor y la habilidad de saber manejarlos adecuadamente.
Cuando eres capaz de entender que la
vida es tan sólo un breve espacio y te dispones a dar una pizca diaria de amor
y amistad, sabrás porqué se llena tu cuerpo del aroma más espectacular.
Aprenderás entonces a gozar cada minuto de tu existencia, a ser feliz en el
aquí y el ahora, a compartir toda la felicidad con la gente de tu vida, a gozar
cada momento de tu “mágica mismidad”, porque de eso se compone la vida… ¡de
momentos!
La amistad y el amor son prioridad
en la vida del viejo Filósofo. A propósito de prioridad, una viejecita de
Güémez decidió cumplir el sueño de su vida: viajar en un gran crucero. Estando
en la cubierta, maravillada por un paisaje nunca visto, agarrando su sombrero
firmemente con ambas manos para que el viento no se lo llevara, se acerca un
marinero y le dice:
—Discúlpeme
señora, no quiero molestarla, pero ¿No se ha dado cuenta que el viento le está
levantando todo su vestido?
—¡Si,
pero necesito las dos manos para sostener mi sombrero!
—Pero
debe de saber que se le ve toda su ropa interior.
La viejita se miró abajo y luego conectó
su mirada con el joven marinero y le respondió:
—Mira
mijito, todo lo que ves de aquí pa’bajo tiene 90 años… ¡Y el ‘inche sombrero lo compré ayer!
filosofo2006@prodigy.net.mx/Facebook: filosofoguemez/Twitter: @filosofogueme
No hay comentarios:
Publicar un comentario