miércoles, 13 de febrero de 2013


EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ

¡Y EL ‘INCHE SOMBRERO LO COMPRÉ AYER!

Por Ramón Durón Ruiz

H

ay una historia plena de sabiduría, que me encanta compartir con usted: “Cerca de mi casa hay un terreno de pasto. Dos caballos viven allí. De lejos, no encuentras diferencia, pero cuando uno se acerca y mira con detenimiento, puede observar que uno de ellos está ciego.

El dueño le consiguió un amigo, un caballo más joven. Y si prestas atención, oirás el sonido de una campana. Buscando de dónde viene el sonido, verás que cuelga del cuello del caballo joven.

De esta manera, el caballo ciego sabe siempre donde está su compañero y va tras él. Ambos pasan el tiempo comiendo brotes tiernos de hierba; al finalizar el día, el caballo ciego sigue a su compañero hasta el establo donde se guarecen de la noche.

El caballo que porta la campana vuelve de vez en cuando la cabeza, como si quisiera asegurarse de que su compañero ciego le sigue. Mientras el caballo ciego, que se guía por el sonido de la campana, avanza confiado de que va por buen camino.

Como el dueño de esos dos caballos, no deberíamos deshacernos de aquellos que no son tan perfectos, como quisiéramos. Y cuidar de la misma forma que nos hubiera gustado que lo hicieran con nosotros, de haber ocupado su lugar.

Algunas veces somos el caballo ciego guiado por el sonido de alguien que se acerca a nuestra vida. Otras, somos el caballo que guía y ayuda a otros a encontrar su camino. Así son los buenos amigos, no necesitas verlos, porque siempre están cuando los necesitas. Por favor: Oye mi campana, que yo también escucharé la tuya.

En la ceguera que el mundo moderno le da al viejo Filósofo, con una prisa que casi me atropella… ¡escucho tu campana amigo!, yo, que a pesar de ser tan imperfecto, tienes la bondad de hacerla sonar para conducirme por el buen camino y llevar mi barca a puerto seguro.

Tu presencia amigo, es un tributo a la vida, que me enseña que la alta frecuencia que generan el amor y la amistad, no es algo… ¡es todo! Porque el poder del amor y de la amistad, no tiene principio ni fin.

Gracias por enseñarme la magia del amor que tiene la amistad, por ayudarme a descubrir el sentido de lo maravilloso y divino que la vida tiene hoy para mí. Gracias por darme la diaria lección de que, como dice La Biblia, “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”.

Gracias amigo, por inculcar en mi corazón que la paz interior y el amor, son el mejor camino de la felicidad, para interpretar adecuadamente mis inquietudes y sueños de ser cada día mejor.

“El ser humano aprende a amar, no cuando encuentra a la persona perfecta, sino cuando aprende a creer en la perfección de una persona imperfecta.” Y eso es el valor del amor y la amistad, saber que a pesar de la imperfección propia y de la gente que amamos y de la que gozamos la amistad, somos seres perfectos, al estar hechos a imagen y semejanza de Dios, por el efecto maravilloso que genera el poder del amor.

En la vida no hay amigos ni relaciones de amor perfectas, las hay sí, saludables; saludables significa, no la ausencia de defectos ni de problemas, sino tener la humildad, la sabiduría, la sensible inteligencia, el amor y la habilidad de saber manejarlos adecuadamente.

Cuando eres capaz de entender que la vida es tan sólo un breve espacio y te dispones a dar una pizca diaria de amor y amistad, sabrás porqué se llena tu cuerpo del aroma más espectacular. Aprenderás entonces a gozar cada minuto de tu existencia, a ser feliz en el aquí y el ahora, a compartir toda la felicidad con la gente de tu vida, a gozar cada momento de tu “mágica mismidad”, porque de eso se compone la vida… ¡de momentos!

La amistad y el amor son prioridad en la vida del viejo Filósofo. A propósito de prioridad, una viejecita de Güémez decidió cumplir el sueño de su vida: viajar en un gran crucero. Estando en la cubierta, maravillada por un paisaje nunca visto, agarrando su sombrero firmemente con ambas manos para que el viento no se lo llevara, se acerca un marinero y le dice:

Discúlpeme señora, no quiero molestarla, pero ¿No se ha dado cuenta que el viento le está levantando todo su vestido?

¡Si, pero necesito las dos manos para sostener mi sombrero!

Pero debe de saber que se le ve toda su ropa interior.

La viejita se miró abajo y luego conectó su mirada con el joven marinero y le respondió:

Mira mijito, todo lo que ves de aquí pa’bajo tiene 90 años… ¡Y el ‘inche sombrero lo compré ayer!
filosofo2006@prodigy.net.mx/Facebook: filosofoguemez/Twitter: @filosofogueme

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