EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ
LA DE PELO BLANCO
Por Ramón Durón Ruiz
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n mi tierra hay
una vieja historia que cuenta que estaban un par de amigos en la barra del
Casino Victorense, uno de ellos echando una mirada alrededor, le dice a su
compañero:
—Te
fijas que los “viejos” que antes venían a tomarse una copa… ¡ya no vienen!
— Es
que ellos ya murieron… ¡ahora los viejos somos nosotros!
Lo anterior lo traigo a esta columna
debido a que mientras me practicaban una intervención quirúrgica, mi tío Manuel
Ruiz Jiménez, fue llamado a la Casa del Padre a rendir cuentas, ¡murió!, con él
se van recuerdos de mi infancia ida.
La paradoja es muy simple, sólo nos van
pasando la estafeta. Algún día nos tocará a nosotros. Antonio Lavoisier
afirmaba “Nada se crea, nada se destruye… sólo se transforma”
Cuando un acontecimiento doloroso llega a
nuestra vida, nos sensibiliza, los recuerdos se agolpan y se potencializan.
Mientras que en el área médica una muerte es un fracaso, espiritualmente es una
transición, una evolución a un estado superior.
Emotiva y afectivamente me afecta la
muerte de mi tío, porque la hago mía, porque una parte de mi muere, en el fondo
es una identificación proyectiva, que me lleva al recuerdo de la partida de mi
madre y mis mayores.
Aunque mi madre, sabia por derecho
propio, me decía que la muerte es un acto difícil de comunicar y más de
experimentar, porque si por una parte la muerte es un punto de quiebre, por
otra de la muerte surge la vida.
Muchos de los rituales funerarios, con
sus símbolos, mitos y sincretismo religioso, están estructurados para que
tengamos un diálogo fecundo con la muerte, para atenuar culpas y evitar el
sufrimiento de quienes sobrevivimos.
En el fondo debemos recordar que estamos
hechos para vivir a plenitud el momento de la llegada… también el de la partida,
el secreto es que en medio, tengamos la sensibilidad de hacer de nuestra
existencia una obra maestra.
Si “el hombre es el ser para la muerte”,
como afirmara Heidegger, entonces vivir es explorar los límites frágiles de lo
existente. Hemos tomado conciencia que no somos eternos, por más años que se
viva, siempre llegará la muerte, que nos lleva a reflexionar el tener cuidado
como habremos de vivir, porque ahí está la clave para trascender.
Racionalmente la experiencia de la muerte
es la posibilidad más cierta, sabemos que forma parte de nosotros y nosotros
nos sabemos parte de ella, lo que no sabemos es ¿dónde… ni cuándo llegará?
Lo cierto es que la partida de un ser
querido, nos acerca a la muerte, nos recuerda la temporalidad de nuestra
existencia y tiene la magia de cambiarnos la perspectiva de la vida, su
moraleja es que nos invita a que la prisa deje de atropellarnos, nos convida a
vivir y…¡a dejar de sobrevivir!
Hablamos de la muerte… pero del otro, de
la nuestra no, una de las cosas que los mexicanos hacemos para posponer la
muerte es decir: ¡mañana lo hago!
Desde el momento del nacimiento, algo de
nosotros principia a morir, Ernest Becker afirma “Todo lo que el ser humano
hace, es para evitar la muerte” los avances médicos, científicos, todo,
absolutamente todo gira en torno a buscar romper el proceso natural
vida-muerte, queremos vencer la muerte, mejorar y salvaguardar la vida, parece
que olvidamos que lo único seguro que tenemos es… la muerte.
La divinidad interior que vive y vibra
en el alma del Filósofo, bendice con amor la partida de mi tío Manuel, con la
esperanza que en el encuentro con los nuestros, Dios lo mantenga en la palma de
su mano.
De mis mayores aprendí el poder del
humor. Resulta que un joven habido de sabiduría, llega con el viejo campesino
de allá mesmo preguntándole:
—¿Cuál
es la mujer menos peligrosa? ¿La de pelo rubio, la de pelo castaño, la de pelo
rojo ó… la de pelo negro?
—¡LA
DE PELO BLANCO!
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