EL FILÓSOFO DE GÚÉMEZ
Por Ramón Durón Ruiz
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oy un hombre
bendecido por DIOS, que en 30 años he tenido el privilegio de viajar por toda
la geografía nacionaldictando cientosde conferencias de El Filósofo, y de publicar 11 libros sobre el singular humor del
mexicano, uno de ellos La Picaresca Judicial,
para la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Hay uno que me
llena de luz, ENTRE CAZADORES Y PESCADORES, estospersonajes, rivalizan en eso
de contar mentiras y cuentos, con algunos de nuestros políticos, ¡¡perooooo!!guardadas
las debidas proporciones, los cazadores y
pescadoresson más colosales como mentirosos.
El genio
político, militar y escritural de Churchill solía decir que “entre todas las
clases de mentiras… las más tremendas son las de estadísticas.”
Estadísticamente, eso es una reverenda falacia: las mentiras más magnánimas
como desmesuradas, son lashilvanadas por los pescadores y cazadores.
Mi queridísimo
maestro y amigo, Armando Fuentes Aguirre “Catón” cuenta que en Nava, Coahuila
había un popular personaje, que nunca ponía coto a sus mentiras, para que no
fuesen tan desmesuradas, era el afamado tío Laureano.
Cierto día iba
con su señora esposa por la calle del frente de la plaza y se topó con un
compadre suyo. En la plática le comentó que acababa de regresar de San Antonio,
Texas, donde asistió a una boda. Pícaramente –sabiendo de la genialidad de sus
mentiras– este le preguntó:
—¡Oiga compadre! y
¿Hubo muchos invitados?
El tío le dijo: —Has
de saber que más de 20 mil.
—Pues
sería muy grande el salón.
—Como
de aquí a la sierra –respondió inalterable el tío señalando a la lejana
montaña.
—¡Oiga!, y el pastel
debe haber sido muy grande –siguió el compadre suspicaz.
El tío dirigió la vista al kiosco de la
plaza, buscando un punto de comparación. Erudita en los haberes y saberes de su
esposo, la señoraadivinando las aviesas intenciones –las esposas,son tan sabias
que siempre adivinan–de lo que iba a contestar sumaridocariñosamente le aconsejó:
—Tantéyate
Laureano, Tantéyate…¡porque luego no vas a tener belduque pa’ partirlo!
Mi tierra está
llena de ingeniosos cazadores y
pescadores, muchos de ellosson como el tío Laureano, que han aprendido a
disfrutar la fiesta de la vida, son geniales, están llenos de pícara vivacidad,
sólo hay un pero:ellos jamás se tanteyan, es decir, nunca se miden.
Tal es el caso
del apreciadoLucas Torres, que era un campesino de acá de mi tierra, pleno de
habilidadpa’l trabajo y de una inagotable y sana imaginación. Cada diciembre,
salía al menos una vez, a la cazaría de venado; inteligente como era, nunca le
disparaba a las hembras, por ser éstas las reproductoras de la especie. A una
de estas cacerías ocasionales lo acompañó su hijo, salieron a caballo, el
muchacho iba en ancas. Poco rato después de encender el candil, Lucas divisó,
como a cincuenta metros, el reflejo de unos ojos.
—¡Es
una venada!–dijo Lucas– por ahí cerca debe de andar el macho, acuérdate que es
época en la que andan en celo.Bajaron del caballo, sin dejar de encandilar a la
venada.
—¡Fíjate
mijo, que la venada anda con dos crías! ¿Las ves?
—¡Noapá!
–respondió el muchacho.
—¡Mira, fíjate
bien!, ahí están... ¿Ya pudiste verlos?
—¡No!
–repite el joven.
Lucas, ya algo
enfadado, le reprocha:
—¿Cómo
chingaos que no los ves? ¡Míralos, carajo, ahí están!... ¿Ya los viste?
—¡No!
–Contesta el hijo muy resuelto– Pero lo que sí oigo…¡son las mamadas que los
venaditos están dándole a la venada!
—¡Muchacho
hablador!... ¡Eres igualito de mentiroso que tuamá!
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