ENTRE SUEÑOS Y DIFUNTOS EL INQUISIDOR
LUIS ARMANDO VARGAS TORRES.
“Esa noche volvieron a
sucederse los sueños. ¿Por qué ese recordar intenso de tantas cosas? ¿Por qué
no simplemente la muerte y no esa música tierna del pasado?” Estoy comenzando a pagar. Más vale
empezar temprano, para terminar pronto.”
Mi
infancia fue el mundo más maravilloso de mi existencia, todo era tranquilidad,
no existían responsabilidades más que las escolares, el juego, la imaginación y
el amor de nuestra familia me llenaban plenamente, aderezados con la fe
cristiana. Me debatía entre las acciones buenas y las prohibidas. Entre el
cielo y el infierno, entre confesiones y la comulgada, para reiniciar una
semana más.
Nuestros
mayores lo fueron todo, nos sentimos protegidos, arropados, esperando con ansia
las vacaciones, las idas a los ríos a las albercas en semana santa, las visitas
a los abuelos donde nos reuníamos todos los primos, el pasar las noches viendo las estrellas y
contando cuentos de terror, que nos emocionaba a pesar del miedo. Por la mañana
a las 4 am la voz de Natalia Dix la abuela levantándonos para tomar café y
empezar las labores cotidianas.
La
casa de la abuela, sus vecinos, los bisabuelos sus cuentos de la revolución,
las amistades de nuestros padres, los tíos sus historias de vida, trabajo,
logros, nuestros maestros, los curas de la parroquia, la primera novia, todo
ello formaban un coctel de felicidad.
Con
el pasar de los años, los amigos de la Prepa, de Universidad, la rebeldía
juvenil, pensando que podíamos cambiar el mundo. Ya nos habíamos despegado del
pelotón de amigos de la primaria, habían
tomado su rumbo; algunos en la cárcel, otros comerciantes, casados, en EU, el de
mayor suerte habíase casado con alguna hija única de un empresario famoso y de
ser el burro de la clase pasaba a formar parte de la élite de la sociedad.
Juzgábamos
a las personas según nuestra edad, cuando estábamos en la primaria veíamos a
los de secundaria o prepa muy grandes. Al
de universidad ya lo considerábamos señor, en Universidad veíamos cuarentones y
los considerábamos macizos, uno de cincuenta maduro, uno de sesenta para arriba
ancianos, tal como los jóvenes lo siguen haciendo, sólo que ahora nos asusta.
En
días pasados acompañé a mi madre que acaba de cumplir 80 años a visitar
Congregación Caballeros y no pude evitar unas lágrimas, al agolparse los
recuerdos, pude constatar que es un mundo de difuntos el que se me vino a la
cabeza, Aunque los recuerdos son como de ayer, todos han muerto, sus afanes,
sueños, ilusiones quedaron sepultados. En el olvido no creo que sus nietos y
bisnietos tengan aunque sea una idea de quienes fueron sus ancestros.
Me
vinieron a la mente los difuntos, su entusiasmo matinal, llegando a la tienda
de Pedro Torres a comprar café, los aromas del almuerzo. El trabajo en la
labor, la recolección de sus cosechas, su gusto porque ya tendrían un
profesionista en la familia, los que también fallecieron o los abandonaron para
no volver. Quedan casas abandonadas, derruidas por el tiempo…lo peor el olvido
incrustado en esas tierras que amaron ahora transitadas por delincuentes.
Veo
a mi madre crio a 9 hermanos, su empeño por la limpieza y el orden, sus
desvelos en cada parto que combinaba con su tienda de abarrotes. Los hijos se
casaron viven fuera de la ciudad, otros con sus esposas o maridos dándole
vuelta a la rueda, repitiendo el mismo esquema o patrón.
Mi
padre falleció, la encuentro en la misma casa, con sus recuerdos, pensando en
el ayer como si fuese el hoy, tratando de aconsejar de apoyar de servir, su
cuerpo aunque vigoroso y sano, limitado por las reumas. Me dolió el alma y el
corazón al pensar en los que sufren abandono, que sus familias les pagaron con
ingratitud su aportación a la vida de este mundo.
Los
gobiernos deberán de brindar apoyos fuertes a crear clubes de la tercera edad,
terapias psicológicas y ocupacionales que se traduzcan en ingresos, que les
haga sentirse útiles, que sean buscados por los padrones de elector para apoyos
en automático, que dejen de usarles para lides electorales.
Un
pueblo que no cuida a sus niños y ancianos está condenado a morir. El shock del
adolescente al pasar a una edad adulta no es tanto porque lo arropa su entorno
familiar, el shock del Adulto mayor es doblemente devastador cuando hay rechazo
de la familia o la sociedad al considerarle inútil o un estorbo. Nos queda
nuestra conciencia y el dicho “como te ves me vi. Como me ves te verás” Así es
que no hay que dejar que el destino nos alcance como simples espectadores.
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