domingo, 25 de diciembre de 2016

Desde Nuevo Laredo: La Columna Política de Carlos Domínguez,


Desde Nuevo Laredo:
La Columna Política de Carlos Domínguez
 
FELIPE EL CURIOSO
 
Felipe tenía 27 años cuando se unió a los apóstoles. Hacía poco que se había casado, pero no tenía hijos por esa época. El sobrenombre que le dieron los apóstoles significaba “curiosidad”, pues Felipe siempre quería que le mostraran. No parecía ver muy lejos en ninguna proposición. No era necesariamente torpe, pero carecía de imaginación. Esta falta de imaginación era la gran debilidad de su carácter. Era una persona común y concreta, pero fue un buen mayordomo. Su característica más destacada era su minuciosidad metódica; era al mismo tiempo matemático y sistemático.
  
Felipe provenía de una familia de siete hermanos: tres niños y cuatro niñas. Era el segundo, y después de la resurrección, bautizó a toda su familia en el Reino. La familia de Felipe eran pescadores. Su padre era un hombre muy hábil, un pensador profundo, pero su madre provenía de una familia muy mediocre. No podía esperarse de Felipe que hiciera grandes cosas, pero podía hacer pequeñas cosas a lo grande, hacerlas bien y de forma aceptable. 
 
La cualidad de Jesús que Felipe admiraba era la infalible generosidad del Maestro. Jamás halló Felipe nada en Jesús que fuera pequeño, mezquino o avaro, y él adoraba esta constante e inagotable generosidad.
 
La personalidad de Felipe tenía poco de notable. A menudo se habla de él como “Felipe de Betsaida, el pueblo donde viven Andrés y Pedro”. Casi no poseía una visión discernidora; era incapaz de comprender las posibilidades dramáticas de una situación dada. No era pesimista, sino simplemente prosaico. Carecía también en gran medida de perspicacia espiritual. No titubeaba en interrumpir a Jesús en medio de uno de los discursos más profundos del Maestro para hacerle una pregunta de apariencia tonta.
 
Pero Jesús no lo regañó nunca por su imprudencia, fue paciente con él y comprensivo de su incapacidad para entender los significados más profundos de la enseñanza. Bien sabía Jesús que si reprendía a Felipe por hacer estas preguntas inoportunas, no sólo heriría a un alma honesta, sino que tal reprimenda tanto ofendería a Felipe, que nunca más se atrevería a preguntar nada. Jesús sabía que en sus mundos del espacio existían miles de millones de mortales semejantes de pensamiento lento, a quienes quería alentar para que se le acercaran y tuvieran siempre la libertad de acudir a él con sus preguntas y problemas. Después de todo, en realidad a Jesús le interesaban más las tontas preguntas de Felipe que el sermón que pudiera estar predicando. Jesús estaba supremamente interesado en los hombres, en todos los hombres y mujeres.
     
El administrador apostólico no era buen orador, pero en la obra personal era muy persuasivo y tenía mucho éxito. No se descorazonaba con facilidad. Era tenaz y laborioso en todo lo que emprendía. Poseía el grande y raro don de decir: “ven”. Cuando su primer converso, Natanael, quiso discutir los méritos y deméritos de Jesús de Nazaret, la eficaz respuesta de Felipe fue: “ven, y mira”.
 
Felipe no era un predicador dogmático que exhortaba a sus oyentes para que hicieron esto o aquello. Enfrentaba todas las situaciones que surgieran en su trabajo con: “ven, ven conmigo; te mostraré el camino”. Ésta es siempre la técnica más eficaz en todas las formas y fases de la enseñanza. Incluso los padres pueden aprender de Felipe el mejor modo de decir a sus hijos no que “vayan a hacer esto y aquello”, sino más bien: “vengan con nosotros y les mostraremos y compartiremos con nosotros el mejor camino”.
  
La incapacidad de Felipe para adaptarse a una nueva situación quedó ilustrada muy bien cierta vez, cuando los griegos vinieron a él en Jerusalén, diciéndole: “Señor, deseamos ver a Jesús”. A cualquier judío que hubiera hecho tal pregunta, Felipe le hubiera respondido: “ven”. Pero estos hombres eran extranjeros, y Felipe no recordaba ninguna instrucción de sus superiores sobre este tema. Lo único que se le ocurrió hacer fue consultar al jefe, Andrés, y luego ambos escoltaron a los curiosos griegos hasta Jesús. Del mismo modo, cuando fue a Samaria para predicar y bautizar a los creyentes, según le había mandado su Maestro, se abstuvo de poner sus manos sobre los conversos como símbolo de que habían recibido el Espíritu de la Verdad. Esto tuvieron que hacerlo Pedro y Juan, que vinieron desde Jerusalén para observar su obra en nombre de la iglesia madre.
 
La esposa de Felipe, que había sido miembro eficiente del cuerpo evangélico femenino, se asoció activamente con su marido en la obra evangélica cuando huyeron de las persecuciones en Jerusalén. Su esposa era una mujer temeraria. Permaneció al pie de la cruz de Felipe, alentándolo a que  les proclamara la buena nueva a sus asesinos, y cuando él ya no tuvo fuerza, ella siguió relatando la historia de la salvación por medio de la fe en Jesús, y sólo pudieron silenciarla los airados judíos apedreándola a muerte. Su hija mayor, Lea, continuó la obra de ambos, hasta convertirse en la famosa profetiza de Hierápolis.
 
Felipe, el mayordomo de los doce, fue un hombre poderoso en el Reino, ganando almas dondequiera que iba; y fue finalmente crucificado por su fe y enterrado en Hierápolis. (Continuará el próximo domingo)
 
Por hoy es todo, pero mañana estaremos nuevamente en estos espacios de las redes sociales, Dios mediante.
 
CDR.
Periodismo Independiente.

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