domingo, 12 de noviembre de 2017

La Columna Política de Carlos Domínguez
LA RELACIÓN DE DIOS CON EL INDIVIDUO
La diferencia espiritual entre la más alta personalidad de existencia universal y los grupos más bajos de inteligencias creadas que habitan la Tierra, es inconcebible.

Si fuera posible transportar instantáneamente las inteligencias más bajas ante la presencia del Padre mismo, no sabrían reconocer que están allí. Serían tan insensibles a la presencia del Padre Universal allí como lo son donde se encuentran ahora. El hombre mortal ha de recorrer un camino largo, muy largo, antes de que pueda con coherencia y dentro de los dominios de lo posible solicitar salvoconducto a la presencia paradisiaca del Padre Universal.

El hombre y la mujer están espiritualmente habitados por una fracción del Padre Universal que trabaja como Ajustador de la mente. Si la mente de ambos está sincera y espiritualmente motivada, si tal alma humana desea conocer a Dios y hacerse como Él, si honestamente desea hacer la voluntad del Padre, no hay influencia negativa alguna de carencia mortal ni fuerza positiva de posible interferencia que pueda prevenir la ascensión certera de dicha alma divinamente motivada, hasta las puertas del Paraíso.

El hombre y la mujer mortales pueden acercarse a Dios y pueden abandonar repetidamente la voluntad divina mientras conserven la facultad de elegir. La sentencia del ser humano no está sellada hasta cuando haya perdido la facultad de elegir la voluntad del Padre. El corazón del Padre no se cierra jamás a las necesidades y solicitudes de sus hijos. Son sus vástagos los que cierran sus corazones para siempre al poder de atracción del Padre cuando finalmente y para siempre pierden el deseo de hacer su divina voluntad: conocerle y ser semejante a Él. Del mismo modo, el eterno destino del hombre está asegurado cuando la fusión con el Ajustador proclama al universo que ese ascendiente ha hecho la elección definitiva e irrevocable de vivir la voluntad del Padre.

¡Qué error soñar en un Dios remoto en los cielos cuando el espíritu del Padre Universal vive dentro de nuestra mente!

Todas las religiones enseñan la adoración de la Deidad y alguna doctrina de salvación humana. La religión budista promete salvación del sufrimiento, paz sin fin; la religión judía promete salvación de las dificultades, prosperidad basada en la rectitud; la religión griega prometía salvación de la falta de armonía, o sea la fealdad, mediante la realización de la belleza; el cristianismo promete salvación del pecado, santidad; el mahometismo ofrece liberación de las rigurosas normas morales del judaísmo y del cristianismo. La religión de Jesús es salvación del yo, liberación de los males del aislamiento de la criatura en el tiempo y en la eternidad.

Los hebreos basaban su religión en la bondad; los griegos, en la belleza; ambas religiones buscaban la verdad. Jesús reveló un Dios de amor, y el amor abarca la totalidad de la verdad, la belleza y la bondad.

Los zoroástricos tenían una religión moral; los hindúes, una religión de metafísica; los confucionistas, una religión de ética.

Jesús vivió una religión de servicio. Todas estas religiones son valiosas en la medida en que son aproximaciones válidas a la religión de Jesús. La religión está destinada a convertirse en la realidad de la unificación espiritual de todo lo que es bueno, bello y verdadero en la experiencia humana.

La religión griega tenía una máxima “conócete a ti mismo”; los hebreos centraban su doctrina en “conoce a tu Dios”; los cristianos predican un evangelio que tiene por objeto el “conocimiento del Señor Jesucristo”; pero Jesús proclamó la buena nueva de “conoce a Dios y conócete a ti mismo como un hijo de Dios”. Es posible determinar el estado espiritual de cualquier religión por la naturaleza de sus oraciones.

Por hoy es todo, pero mañana estaremos nuevamente en estos espacios de las redes sociales, Dios mediante.
CDR.
Periodismo Independiente.

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