ENTRE SUEÑOS Y
DIFUNTOS
EL INQUISIDOR
.
“Esa noche volvieron a sucederse los sueños. ¿Por qué ese recordar
intenso de tantas cosas? ¿Por qué no simplemente la muerte y no esa música
tierna del pasado?” Estoy
comenzando a pagar. Más vale empezar temprano, para terminar pronto.”
Mi infancia fue el mundo más maravilloso de mi existencia, todo era
tranquilidad, no existían responsabilidades más que las escolares, el juego, la
imaginación y el amor de nuestra familia me llenaban plenamente, aderezados con
la fe cristiana. Me debatía entre las acciones buenas y las prohibidas. Entre
el cielo y el infierno, entre confesiones y la comulgada, para reiniciar una
semana más.
Nuestros mayores lo fueron todo, nos sentimos protegidos, arropados,
esperando con ansia las vacaciones, las idas a los ríos a las albercas en
semana santa, las visitas a los abuelos donde nos reuníamos todos los primos,
el pasar las noches viendo las estrellas y contando cuentos de terror,
que nos emocionaba a pesar del miedo. Por la mañana a las 4 am la voz de
Natalia Dix la abuela levantándonos para tomar café y empezar las labores
cotidianas.
La casa de la abuela, sus vecinos, los bisabuelos sus cuentos de la
revolución, las amistades de nuestros padres, los tíos sus historias de vida,
trabajo, logros, nuestros maestros, los curas de la parroquia, la primera
novia, todo ello formaban un coctel de felicidad.
Con el pasar de los años, los amigos de la Prepa, de Universidad, la
rebeldía juvenil, pensando que podíamos cambiar el mundo. Ya nos habíamos
despegado del pelotón de amigos de la primaria, habían tomado su rumbo;
algunos en la cárcel, otros comerciantes, casados, en EU, el de
mayor suerte habíase casado con alguna hija única de un empresario famoso y de
ser el burro de la clase pasaba a formar parte de la élite de la sociedad.
Juzgábamos a las personas según nuestra edad, cuando estábamos en la
primaria veíamos a los de secundaria o prepa muy grandes. Al de
universidad ya lo considerábamos señor, en Universidad veíamos cuarentones y
los considerábamos macizos, uno de cincuenta maduro, uno de sesenta para arriba
ancianos, tal como los jóvenes lo siguen haciendo, sólo que ahora nos asusta.
En días pasados acompañé a mi madre que acaba de cumplir 80 años a
visitar Congregación Caballeros y no pude evitar unas lágrimas, al agolparse
los recuerdos, pude constatar que es un mundo de difuntos el que se me vino a
la cabeza, Aunque los recuerdos son como de ayer, todos han muerto, sus afanes,
sueños, ilusiones quedaron sepultados. En el olvido no creo que sus nietos y
bisnietos tengan aunque sea una idea de quienes fueron sus ancestros.
Me vinieron a la mente los difuntos, su entusiasmo matinal, llegando a
la tienda de Pedro Torres a comprar café, los aromas del almuerzo. El trabajo
en la labor, la recolección de sus cosechas, su gusto porque ya tendrían un
profesionista en la familia, los que también fallecieron o los abandonaron para
no volver. Quedan casas abandonadas, derruidas por el tiempo…lo peor el olvido
incrustado en esas tierras que amaron ahora transitadas por delincuentes.
Veo a mi madre crio a 9 hermanos, su empeño por la limpieza y el orden,
sus desvelos en cada parto que combinaba con su tienda de abarrotes. Los hijos
se casaron viven fuera de la ciudad, otros con sus esposas o maridos dándole
vuelta a la rueda, repitiendo el mismo esquema o patrón.
Mi padre falleció, la encuentro en la misma casa, con sus recuerdos,
pensando en el ayer como si fuese el hoy, tratando de aconsejar de apoyar de
servir, su cuerpo aunque vigoroso y sano, limitado por las reumas. Me dolió el
alma y el corazón al pensar en los que sufren abandono, que sus familias les
pagaron con ingratitud su aportación a la vida de este mundo.
Los gobiernos deberán de brindar apoyos fuertes a crear clubes de la
tercera edad, terapias psicológicas y ocupacionales que se traduzcan en
ingresos, que les haga sentirse útiles, que sean buscados por los padrones de
elector para apoyos en automático, que dejen de usarles para lides electorales.
Un pueblo que no cuida a sus niños y ancianos está condenado a morir. El
shock del adolescente al pasar a una edad adulta no es tanto porque lo arropa
su entorno familiar, el shock del Adulto mayor es doblemente devastador cuando
hay rechazo de la familia o la sociedad al considerarle inútil o un estorbo.
Nos queda nuestra conciencia y el dicho “como te ves me vi. Como me ves te
verás” Así es que no hay que dejar que el destino nos alcance como simples
espectadores.
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