¿Qué mueve a alguien
a ser los ojos, los oídos, el paladar, el olfato, el tacto de todos los demás?
Por Joel Hernández Santiago.
Ya se
sabe que todas las actividades que el hombre realiza tiene sus pros y sus
contras; todas tienen sus claroscuros; es el factor humano como principio y fin
de lo que nos mueve a decidir lo que habremos de ser cuando estamos en edad y
razón para decidirlo…
…Y está
claro que el hombre –género- no es un alma purísima, sin pecado concebida, como
tampoco es ese diablo mendaz con cornamenta y cola que pasa la vida mirando a
quien se carga para condena eterna… Digamos que el hombre está hecho de
pasiones y locuras y, por lo mismo, tiende a repetir errores como también
aciertos. Es así. Es humano y está hecho de claroscuros. Aunque algunos se
pasan de claros y otros de oscuros…
Muchos
–ellos y ellas- cuando han tenido la posibilidad de estudiar, quieren ser
doctores, otros abogados, contadores, científicos, artistas, creadores y hasta
hay quienes deciden mirar cómo se pasa la vida. Hay de todo y para todo. Así ha
sido y será.
Somos tan
evolutivos y tan constantes, que hemos cambiado al mundo y lo hemos hecho a
nuestro modo; pero no hemos cambiado nosotros, aunque digamos que sí. La ropa,
la moda, los modos de vivir la vida nos hacen distintos entre nosotros, pero no
diferentes…
Así que
en eso de las decisiones vitales algunos deciden que quieren ser periodistas.
¿Por qué? ¿Qué mueve a alguien a ser los ojos, los oídos, el paladar, el
olfato, el tacto de todos los demás? ¿Qué hace que algunos decidan poner el
corazón y el cerebro en lo que hacen, cuando lo hacen por vocación, pasión y
locura? ¿Qué hace que hombres y mujeres decidan pasar desvelos, ayunos,
carreras, y que tengan que aguantar malos modos, malas caras, malos tratos y
hasta agravios?
Y todo
por conseguir la mejor información. La más veraz. La más oportuna. La mejor de
todas. Porque se quiere tener lo mejor para todos el público que en cuestión de
minutos leerá, escuchará, verá, o hurgará en todos los medios a disposición
para estar informados, para saber lo que vio su enviado y para conocer si lo
hizo bien o no: y para sacar conclusiones.
Y ese es
el paso fatal: Una vez conocido el trabajo periodístico, la semilla está
sembrada en el público. Desaparece el periodista. Existe nada más la
información o la opinión. Y luego viene el momento fatal del olvido de quién lo
hizo.
Cada día,
los periodistas tienen que alimentar a esa multitud voraz que quiere
información fresca, nutriente, savia de vida, para saber que sabe y, de nuevo,
por fundamental: Para tomar decisiones. Ojalá éstas sean las más justas, las
más equilibradas, las más sabias y las que mejor van para la felicidad de
todos…
Algunos
periodistas hay que no lo son. Pero ese es otro cantar. No importa. Sí importa.
En todo
caso, como toda actividad humana esta profesión de fe es con mucha frecuencia
muy satisfactoria. Lo es cada día, cuando se ve que se divulga lo que se hace.
Y cuando uno supone que se ha hecho lo mejor y se ha dicho algo para cambiar lo
injusto por lo justo y la desigualdad por igualdad con libertad… Y así. Todo
por la información. Todo por el criterio.
Esto
viene a cuento porque también hay dolores en el periodismo. Y son más
frecuentes de lo que supone el público o el poderoso o el enemigo de las
libertades. La pérdida de algunos de ellos es uno de los dolores: Diría
Josefina Vicens que dos de los más grandes dolores del hombre son el amor y el
adiós.
En apenas
unos días de nuestras vidas, tres periodistas que lo fueron de verdad,
murieron. Los tres de forma distinta, aunque el origen profesional es el
mismo.
Primero
falleció por accidente un gran reportero y cronista parlamentario: Armando
Navarrete. Ocurrió el 24 de julio en el kilómetro 257 de la autopista que va de
Mérida a Cancún. Naturalmente el gremio periodístico, y quienes le conocieron y
apreciaron su trabajo, se organizaron para hacerle un reconocimiento colectivo
días después.
El
primero de agosto murió Marco Aurelio Carballo. Un periodista y escritor de
reconocida trayectoria y amplísimo prestigio; también como editor. Premiado por
su labor periodística como entrevistador y cronista, también lo fue por su obra
literaria. Durante un largo periodo había luchado en contra del cáncer, no
consiguió victoria…
Unos días
antes, un grupo de sus muchos amigos le hicieron un homenaje. No asistió, pero
estaba ahí en cada uno de ellos con quienes convivió, abrevó y dejó la semilla
del buen humor, el buen trato, el ingenio y la pasión por el periodismo…
Y la
tragedia de uno más: Rubén Espinosa cuyo cadáver junto con los de cuatro
mujeres fue encontrado la noche del viernes 31 de julio aunque la noticia se
conocía hasta el sábado siguiente. Fue muerto de forma trágica. Había huido de
Veracruz ante el acoso de ‘anónimos’ que lo perseguían y hostigaban.
Huyó de
aquel estado para refugiarse en el Distrito Federal, de donde era. Pero en la
capital del país lo asesinaron. ¿Quiénes? ¿Por qué? Hoy se investigan las
causas de esas muertes. La exigencia es que las autoridades se comporten con
verdad y digan la verdad de lo que ocurrió. Que no disfracen, que no oculten,
que no creen escenarios ficticios para salvar vidas políticas… La verdad
queremos los periodistas de verdades, que somos.
Sí. Hay
luto en el periodismo mexicano. Un luto que no está en paz consigo porque es
inexplicable. En todo caso queda la semilla sembrada y el honor de haber sido
periodistas, porque es un honor que se carga toda la vida, cuando se ha ganado,
y es un honor que perdura después de todo esto.
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